Hace quince años, unas 1.000 personas se reunieron en Tiflis para despedir a un DJ. Gio Bakanidze, una de las figuras pioneras de la música electrónica en la capital georgiana, acababa de morir, y sus amigos hicieron lo único que tenía sentido para ellos: contratar a su artista favorito, el referente del techno minimal alemán Michael Mayer, y organizar una fiesta en su nombre. Esa fiesta se llama hoy 4GB, y este fin de semana, del 2 al 4 de octubre, vuelve a Loco Park, en Tiflis, para su edición de 2026, según Resident Advisor y el propio sitio del festival.
Mayer fue el único artista no georgiano en aquel primer cartel de 2011. Ha cerrado cada edición desde entonces, un detalle que el festival sigue destacando en su propia página de historia: quince años cumpliendo una promesa. Alrededor de esa constante, el 4GB se transformó de una velada fúnebre de una sola noche en lo que sus organizadores llaman hoy, sin demasiada exageración, el gran festival de música electrónica del Cáucaso. La Red Bull Music Academy tuvo un escenario allí en 2016; carteles anteriores incluyeron a Jeff Mills, Seth Troxler, Ricardo Villalobos y Larry Heard. La escena techno georgiana, con clubes como Bassiani como referencia, tiene fama mundial de intensidad y de pelear por su derecho a existir; el 4GB es la cita anual donde esa escena celebra su propia continuidad.
¿Por qué el festival se canceló a sí mismo en 2024?
La prueba más clara de que el 4GB es algo más que un cartel llegó en mayo de 2024, cuando el equipo canceló por completo la edición de ese año. El parlamento georgiano acababa de aprobar una ley de 'agentes extranjeros' calcada de la legislación rusa, que desató protestas masivas en Tiflis reprimidas con policía antidisturbios, cañones de agua y gas lacrimógeno. Los organizadores del 4GB escribieron que celebrar un festival les parecía 'injustificado' dada la situación, y añadieron: «Todo nuestro apoyo a cada persona que lucha por el futuro europeo de Georgia». Un festival dispuesto a cancelar su noche más importante del año, construida sobre el recuerdo de un amigo fallecido, antes que mirar hacia otro lado ante lo que ocurría en las calles, no trata el evento como un simple producto. El regreso en 2026, tras una edición de 2025 en Radio City, es la señal más clara de que la institución sobrevivió al momento en que eligió sus principios por encima de la recaudación.
¿Cómo es el cartel de 2026?
El cartel de este año abraza de lleno la identidad regional que el 4GB ha tardado quince años en construir: 3AM, Third Soul, 98dots, Ada, Bacho, Boyá, Boyd Schidt y Carmen Electro encabezan una programación en Loco Park que va desde el viernes por la noche hasta el domingo por la tarde. Las entradas cuestan entre 150 y 250 laris georgianos (unos 50 a 85 euros) y el acceso es solo para mayores de 18 años. Es un cartel más modesto y más local que en los años de Troxler o Villalobos, pero quizá ahí esté la clave: el 4GB nunca necesitó cabezas de cartel importadas para importarle a quienes lo construyeron.
«La voluntad y la unión de mentes afines pueden convertir una pequeña fiesta conmemorativa en el gran festival de la región.»
Esa frase, tomada de la página de presentación del festival, suena menos a eslogan publicitario y más a una declaración de intenciones de quince años.
Por qué importa
La mayoría de las escenas techno regionales fuera del eje Berlín-Londres-Detroit buscan atención internacional solo a través de cabezas de cartel importadas. El 4GB lo logró transformando el duelo en institución, y después defendiendo esos valores hasta el punto de cancelarse antes que ceder, para luego volver de todos modos. Es un logro más difícil que contratar a un gran nombre, y hoy la proyección internacional de la escena techno del Cáucaso pasa por él.
Qué opinamos
Un festival que se cancela a sí mismo por solidaridad con protestas callejeras, y después se reconstruye y vuelve dos años más tarde, se ha ganado más credibilidad que la mayoría de los festivales occidentales con diez veces el presupuesto y ninguna columna vertebral. El 4GB demuestra que la historia de una escena y la historia política suelen ser la misma historia, en los lugares donde bailar nunca ha sido un acto neutral.



