¿Qué vuelve exactamente?
Manumission nunca fue solo una noche de club. Nacida en Mánchester en 1994, aterrizó en Ibiza, donde pasó por Ku y luego por Privilege, el club más grande de la isla, y se convirtió, según casi todos, en la mayor fiesta semanal del mundo: un aforo de 10.000 personas estirado hasta 13.000 cuerpos, con espectáculos sobre el escenario, performers y una filosofía de haz lo que quieras inscrita en el propio nombre, que significa liberación de la esclavitud. Se apagó en 2008. Ahora los fundadores Andy McKay, Mike Manumission y Claire Manumission la resucitan por un fin de semana, del 25 al 27 de septiembre, bajo el nombre de Le Weekend Manumission.
El plato fuerte es un sábado en 528 Ibiza, de 17:00 a 5:00, que reconstruye el verano de 1998 como un decorado vivo, con salas temáticas sacadas del libro que prepara Claire Manumission, The Motel: High Times in 90s Ibiza. Pikes, el hotel que regenta Andy McKay y el hogar espiritual de todo este mundo, y el antiguo Bar M a pie de playa, hoy Ibiza Rocks Bar, ocupan los otros dos días.
¿Por qué ni móviles ni cabezas de cartel?
Aquí está lo que va a dar que hablar. Manumission vuelve con una norma de prohibición de cámaras y otra de cartel en secreto: móviles guardados en la pista y ningún nombre de DJ en el flyer, aunque los organizadores juran que en la cabina habrá artistas por los que harías cola. En una isla levantada sobre las residencias de superestrellas y el marketing del contenido por encima de todo, pedir a la gente que baje la cámara y baile sin saber quién pincha roza la herejía. Y ese es justo el sentido. «Invitamos a la gente a leer la historia primero y luego meterse dentro», dice el equipo.
Ningún nombre en el cartel, ningún móvil en la pista. En la Ibiza de 2026, eso es una provocación.
¿Funcionará de verdad en la Ibiza de 2026?
La primera tanda de entradas se agotó en menos de dos minutos, lo que despeja rápido la cuestión de la demanda. Las entradas cuestan 98 euros con gastos incluidos, una cifra que los organizadores atan al precio de entrada en pesetas de los 90. La pregunta difícil es otra: ¿un público criado en grabar cada drop sabrá apagar el móvil una noche entera, y aguanta una apuesta sin cabeza de cartel en una isla donde la cabeza de cartel suele ser el producto? Si cuaja, será un argumento atronador: estar ahí todavía gana a publicarlo.



