El Sweet Club no era una dirección menor. Con 800 metros cuadrados bajo la Maximiliansplatz, era uno de los locales nocturnos más grandes del centro de Múnich, con programación de House, R&B y éxitos comerciales durante casi diez años. La noche de Halloween celebró su última fiesta y anunció el cierre por Instagram.
¿Qué acabó realmente con el club?
Según el propietario Mathias Scheffel, conocido localmente como el «Partykönig», la cadena de hechos fue tan simple como brutal: un verano inusualmente caluroso y flojo alejó al público, y dos meses de ingresos esperados nunca llegaron. Eso significó dos meses de alquiler impagado sobre un contrato de 20.000 euros mensuales en el local de la Maximiliansplatz. El propietario del Sweet Club inició la rescisión; un intento posterior de llegar a un acuerdo para mantener el local abierto fracasó, y el cierre se volvió definitivo.
Es una ecuación sencilla que muchos operadores reconocerán: costes fijos que no se ajustan a una mala temporada, propietarios sin incentivo para esperar, y un margen tan ajustado que dos meses bastan para borrar diez años.
¿Es un caso aislado o una tendencia?
Scheffel no lo plantea como un fallo aislado. «No seremos los últimos; poco a poco irán cerrando más clubes», declaró tras el cierre. Señala al Café Reitschule en Schwabing como otro local expuesto al mismo riesgo: costes fijos al alza frente a ingresos a la baja.
Su advertencia se apoya en una lista cada vez más difícil de ignorar. Múnich ya ha perdido el Harry Klein, el 8below, el Live Evil, el Blitz y el DNA Club en los últimos años. Cada uno tuvo su propio desencadenante, pero el denominador común es el mismo: un alquiler que no se mueve, variaciones estacionales cada vez más marcadas, y propietarios poco dispuestos a absorber la diferencia.
«No seremos los últimos; poco a poco irán cerrando más clubes.»
Por qué importa
Múnich no es una ciudad marginal para la música electrónica, y que un local del tamaño del Sweet Club desaparezca por dos meses de alquiler impagado dice mucho sobre el escaso margen que les queda a los clubes de la ciudad para aguantar una mala temporada. Cuando un operador señala públicamente a la próxima víctima probable antes de que caiga, eso no es pesimismo: es un cálculo que otros dueños de clubes de la ciudad pueden repetir por su cuenta.
Lo que pensamos
La historia que todos quieren contar sobre los cierres de clubes suele ser cultural: gentrificación, quejas por ruido, gustos que cambian. Esta es pura aritmética. Un alquiler céntrico de 20.000 euros al mes presupone una pista llena casi todos los fines de semana; un mal verano y esa cuenta deja de salir. Si Múnich quiere conservar locales de este tamaño, alguien, el ayuntamiento o los propietarios, tiene que dejar margen para las temporadas que no acompañan. Si no, la lista de Scheffel seguirá creciendo.



