El 9 de octubre de 2026, Donald Trump firmó la American Music Tourism Act. NIVA, la Recording Academy y el Rock & Roll Hall of Fame and Museum respaldaron el texto. Suena a victoria para la música en vivo. Leyendo la letra pequeña, es un mandato de promoción turística, no una reforma del coste de girar.
¿Qué hace realmente esta ley?
El proyecto, redactado por los senadores Marsha Blackburn y John Hickenlooper, con Bill Hagerty, Gary Peters, Andy Kim y Ted Budd como copatrocinadores, ordena al Departamento de Comercio promover los viajes a lugares emblemáticos, salas, festivales y eventos musicales estadounidenses. Ese es todo el mecanismo: una tarea de promoción asignada a una agencia federal. Sin subvenciones nuevas, sin partidas presupuestarias, ningún cambio en la ley de inmigración. El objetivo es que más turistas vayan a Nashville, Austin o Nueva Orleans a gastar en las salas, no que más artistas internacionales suban a los escenarios estadounidenses.
¿Por qué no toca el verdadero obstáculo?
Porque la política de visados nunca estuvo sobre la mesa. Todo DJ o productor internacional contratado para una fecha en club o un festival en Estados Unidos necesita un visado O-1B, la categoría para artistas de capacidad extraordinaria. Según CelebrityAccess, la factura completa llega a 10.000 o 15.000 dólares, a pagar por adelantado y sin reembolso, antes de que el artista haya subido siquiera a un avión: entre 1.015 y 1.055 dólares de tasa de petición, 300 a 600 dólares de recargos obligatorios, 2.965 dólares si el calendario de gira exige trámite acelerado, 205 dólares de tasa de emisión por persona, y 2.300 a 6.550 dólares en honorarios legales y sindicales para armar el expediente. Un rechazo, una fecha que se cae, y nada de eso se devuelve.
Una vez concedido, el O-1B ofrece tres años de validez. Lo caro y sin red es llegar hasta ahí.
Súmale a eso las citas limitadas en las embajadas y retrasos de tramitación que pueden superar la ventana de reserva de una gira, y las cifras de CelebrityAccess apuntan a una caída de alrededor del 30% en las giras internacionales de artes escénicas hacia Estados Unidos. En la práctica: promotores que cancelan giras de paquete, agentes que discretamente desvían reservas hacia Europa o América Latina, y DJ del circuito de club que quedan fuera del mercado antes de empezar.
¿Por qué le importa a la house y al techno?
Las giras de house y techno por Estados Unidos dependen casi por completo del circuito O-1B: un DJ con base en Berlín o Johannesburgo que encadena fechas de club y un festival en Estados Unidos es exactamente el perfil al que más golpea esta estructura de tarifas, porque los cachés de club rara vez cubren 15.000 dólares en trámites por adelantado y sin reembolso antes de vender la primera entrada. Una ley que le dice a los turistas dónde están los lugares musicales no cambia nada para el artista que legalmente no puede llegar a la cabina. La palanca real, la reforma del coste y la tramitación de visados, está en manos del Congreso y del USCIS, no del Departamento de Comercio.



