¿Qué acaba de conseguir Reactional?
Una subvención de 2,5 millones de euros del Consejo Europeo de Innovación, anunciada el 22 de junio en Estocolmo, con hasta 6,5 millones de euros más en capital futuro que el CEI pondrá para igualar el dinero privado. Para una empresa de música y tecnología, eso es recorrido de verdad. Reactional Music fue fundada por el compositor clásico Jesper Nordin y ha pasado los últimos años firmando en silencio los derechos que necesita para lograr lo que la industria del videojuego casi siempre ha chapuceado: meter música real con licencia en el juego de una forma que de verdad pague a quien la hizo.
¿Qué hace en realidad Reactional?
Hace que la música sea programable dentro de un juego. En lugar de una banda sonora fija, los temas se adaptan a lo que hace el jugador, y cada reproducción queda registrada contra una licencia real. El catálogo ya llega a unos 6 millones de temas de más de 50 sellos, entre ellos indies que el underground conoce: Ninja Tune, Beggars Group, Hopeless y Cherry Red, junto a la casa clásica Naxos. El consejero delegado Tomas Jenneborg lo resume sin rodeos: la música define la identidad personal como ninguna otra cosa y, sin embargo, ha quedado muy desconectada de cómo ganan dinero los juegos.
¿Por qué debería importarle al underground?
Porque los juegos son un escenario enorme que apenas ha pagado a los dueños de catálogos, y las fracciones de céntimo del streaming no mejoran. Si un sello como Ninja Tune puede cobrar cuando un tema acompaña millones de partidas, con la licencia integrada y no añadida después, eso es una nueva línea de royalties para justo el tipo de música que apenas se rentabiliza en Spotify. La pega es la de siempre: que el dinero llegue a los artistas o se quede en el titular de los derechos.
La pista no es la única sala donde un tema puede ganar dinero. La consola quizá sea la siguiente, si la fontanería es honesta.



