¿Qué denuncia exactamente la demanda?
Mark Kratter no es un nombre conocido, y ahí está precisamente la clave. Es un artista independiente que además tiene licencia de abogado, y a principios de junio demandó a Spotify por lo que llama "reglas opacas y criterios de filtrado no divulgados." El 29 de junio amplió la demanda con cifras concretas. Sostiene que desde marzo de 2026, cuando Spotify cambió la forma de contar reproducciones, saves, añadidos a playlists, sesiones de Radio y autoplay, su catálogo empezó a mostrar uno o dos oyentes por tema, fijo ahí sin importar la canción, su género ni cuánto llevaba publicada.
Una uniformidad así no surge de forma orgánica. El escrito habla de contadores "topados en patrones escalonados," con saves en cero o casi cero en todo el catálogo. Su argumento no es que nadie le diera al play. Es que reproducciones legítimas dejaron de contabilizarse, y que la pérdida recayó en los artistas pequeños mientras los grandes catálogos seguían girando.
¿Por qué el umbral de 1.000 reproducciones pesa sobre la escena underground?
La segunda parte del caso ataca una regla que toda la escena independiente ya detesta. Desde 2024, un tema en Spotify tiene que superar 1.000 reproducciones de al menos 50 oyentes únicos en un año antes de ganar un solo céntimo en regalías de grabación. Por debajo de esa línea no gana nada, y el dinero se redistribuye al fondo común. Las grandes discográficas presionaron para imponerlo.
Para un white label de deep house o un primer EP de afro-tech, el muro de las 1.000 reproducciones puede marcar la diferencia entre unos euros y nada.
Es justo ese nivel el que defiende la demanda. Un productor de habitación en Lagos o en Leeds que saca su primer disco a través de un distribuidor es el más probable de quedarse justo bajo el umbral, y de no saber nunca por qué se paró el contador. Kratter quiere que un juez califique el umbral y el filtrado de "desleales y engañosos" según la ley de consumo de Connecticut.
¿Qué viene ahora?
Una demanda individual en un estado está lejos de reescribir cómo paga el streaming. Pero el verdadero premio es la fase de prueba. Si el tribunal obliga a Spotify a explicar, por escrito, cómo decide qué cuenta como una reproducción, esa explicación sería la primera vez que alguien ajeno a la empresa ve la maquinaria. El underground lleva una década quejándose. Es la primera vez que alguien intenta que un tribunal lea las reglas en voz alta.



