¿Qué pasó realmente en el Cami Vell de Sant Mateu?
El 10 de junio, más de mil personas pasaron dos días bailando en una finca rural cerca de Sant Antoni, al oeste de Ibiza. No era una fiesta entre amigos. Había zonas de restauración, varios bares, baños, seguridad privada, una ambulancia con personal sanitario, furgonetas negras que traían a la gente desde puntos de encuentro secretos y, según El Pais, un tiovivo. Los asistentes llevaban pulseras comerciales. Lo que no había era ni un solo permiso. La policía local y la Guardia Civil actuaron después de que los vecinos colapsaran los teléfonos con quejas por el ruido y por los coches que atascaban los caminos rurales.
¿Por qué el Consell recurre a multas de seis cifras?
Los organizadores se enfrentan ahora a hasta 300.000 euros según la ley balear de actividades, y la isla quiere fijar esa cifra en una norma más dura, hecha a medida. Ya en marzo, el Consell de Eivissa pidió al Govern que modificara la ley para que las fiestas privadas ilegales conlleven multas de hasta 300.000 euros y la suspensión de la licencia turística durante un máximo de tres años. El vicepresidente Mariano Juan lo resumió como llenar el vacío de reglas claras. La base jurídica ya existe: en Sant Josep y Santa Eularia, los tribunales han dictaminado que una multitud de pago en una villa privada es una actividad profesional, así que la policía puede entrar sin que el propietario dé su permiso.
En el fondo, ¿a quién se protege?
Esta es la tensión que nadie en la isla dice en voz alta. La economía de las raves en villas es una industria nocturna paralela y sin declarar: miles de clientes de pago, DJ importados, seguridad privada, todo en negro, que hunde los precios de los clubes que sí pagan licencias, limitadores de sonido y seguridad social. Actuar protege a los vecinos hartos de los bajos a las seis de la mañana en pleno campo, y también protege a los clubes legales. Pero esos mismos clubes cobran ya a los turistas más de 90 euros la entrada, mientras la isla elimina los alquileres ilegales y las camas baratas. Ibiza decide, fiesta a fiesta, multa a multa, quién tiene derecho a disfrutar de la isla que hizo famosa a la house.



