¿Qué decidió realmente el tribunal?
En enero de 2026, la Corte de Apelaciones del quinto circuito dictaminó que, cuando un autor estadounidense ejerce su derecho de rescisión, recupera sus derechos de autor en todas partes, y no solo dentro de Estados Unidos. El caso giró en torno al compositor de Luisiana Cyril Vetter y su éxito de 1963, Double Shot (Of My Baby's Love). Durante medio siglo, discográficas y editoriales trataron la rescisión como un interruptor exclusivamente estadounidense: podías recuperar tus derechos en Estados Unidos, pero los derechos en el extranjero se quedaban donde los habías vendido. Para el tribunal, esa lectura vacía de sentido la ley, que existe precisamente para corregir el desequilibrio de poder con el que firman los artistas jóvenes. BMG perdió, y la onda expansiva fue inmediata.
¿Por qué les da tanto miedo a las grandes discográficas?
La rescisión está escrita en la Ley de Derechos de Autor de 1976: unos 35 años después de ceder un derecho, puedes recuperarlo, diga lo que diga el contrato. Es la única palanca real que tiene un creador frente a un acuerdo firmado antes de tener ningún poder de negociación. Una versión mundial multiplica esa fuerza, porque el dinero de un catálogo es global. Universal, Warner y Sony se sumaron a BMG en la petición y advirtieron de que el fallo trastoca 50 años de práctica del sector y amenaza innumerables acuerdos negociados respaldados por miles de millones de dólares. Recurrieron a Paul Clement, el litigante al que acuden las discográficas cuando lo que está en juego es existencial.
Todo el sentido de la rescisión es devolverle al artista el activo entero, no una fracción.
¿Qué supondría para los artistas del underground?
El house y el techno construyeron su catálogo sobre contratos pequeños firmados por productores sin un duro a finales de los ochenta y en los noventa, justo los discos que ahora alcanzan su ventana de 35 años. Si la rescisión es mundial, un productor independiente puede recuperar un disco en todos los territorios donde genera dinero y volver a licenciarlo en sus propios términos o llevárselo a un sello que pague. Si las grandes discográficas ganan en el Tribunal Supremo, esa palanca se reduce de nuevo solo a Estados Unidos, y el valor global, la parte que de verdad importa para la música de baile, se queda con quien lo compró barato.



