¿Qué cierra exactamente?
Pulse 22, el club de techno instalado en una bodega gótica del casco antiguo de Praga, cierra definitivamente a finales de noviembre de 2026. El club dio la noticia en Facebook, invitando a la ciudad a un fin de semana de despedida bautizado «Last Dance in Jilská & Pulse 22» los días 27 y 28 de noviembre, mientras los listados de Resident Advisor muestran últimas fiestas hasta el 29. Hay hasta 29 DJ confirmados para el fin de semana, entre ellos NFKS, Jochen Gareth, Schwing & Rob Smile, Soxy y Cofi & Rotari. Ni el club ni el propietario han explicado por qué se acaba: tanto Groove como Resident Advisor describen el motivo como no comunicado.
¿Qué hay realmente en esta sala?
La dirección es Jilská 22, a un paso de la Plaza de la Ciudad Vieja, y el club presume del lema «Since 1404», la edad de las bóvedas góticas que hay debajo, no la del propio club. A lo largo de seis siglos, esa misma bodega de piedra ha hecho de almacén, restaurante, sala de juegos y sede de un club de esgrima. Su detalle más llamativo se remonta a las décadas comunistas: según se cuenta, las bóvedas albergaron un club musical disidente, lo bastante conocido como para que el entonces presidente checo Václav Havel llevara allí de visita al entonces príncipe Carlos.
La operación actual es mucho más joven. Marek Sokol se hizo con el alquiler en abril de 2019 y, con el apoyo de la comunidad, convirtió el espacio en Music Venue Jilská 22, una sala que fue virando cada vez más hacia la música electrónica. Financió las reservas de la sala mediante crowdfunding durante la pandemia, y en 2024 la renovó y la rebautizó como Pulse 22, afinando la programación hacia el techno y la música de club.
No se ha hecho pública ninguna razón para el cierre, ni por parte del club, ni del propietario, ni del ayuntamiento.
¿Por qué importa un cierre tan silencioso?
Que un club cierre sin dar explicaciones es la forma menos dramática en que una escena puede perder una sala, y precisamente por eso merece atención. No hay una batalla por un desalojo que apoyar, ni un conflicto de licencias que cubrir, solo un contrato de alquiler que, al parecer, se agota al pasar la hoja del calendario. Para una bodega tan antigua, situada en una de las zonas más turísticas de la capital checa, ese silencio ya dice bastante sobre quién tiene realmente el poder sobre la vida nocturna en un edificio patrimonial: desde luego, no los promotores que pasaron siete años convirtiéndola en una sala por la que merecía la pena viajar.



