¿Por qué un tipo de Juju & Jordash toca con un saxofonista?

Porque los dos mundos nunca estuvieron tan lejos como finge la escena. Jordan GCZ, productor moldeado por Ámsterdam y ahora afincado en Toronto, mitad de Juju & Jordash y tercio de Magic Mountain High con Move D, ha pasado su carrera en el rincón de la música de baile donde se tocan jams largas con máquinas, donde un tema es una toma, no una cuadrícula. Su proyecto Mei Honeycomb con el saxofonista Jeff Hollie lleva ese instinto más lejos, cambiando algunas máquinas por aliento.

El álbum, Clairvoyant Dimensions, salió en mayo en el sello belga Meakusma. Son cinco temas de sesiones improvisadas, sobre todo con hardware, cortadas en Ámsterdam antes de que Jordan cambiara de continente, conservando los mejores momentos en directo y casi sin regrabar nada. Una pieza suma a Ilya Ziblat Shay al contrabajo y la electrónica. Está más cerca de un ambient húmedo y contemplativo que de un disco de club, y el saxofón es el asunto, no el adorno.

¿Por qué el techno todavía recela de un saxofón?

Esa es la parte que viaja. En la entrevista, Jordan es directo sobre un esnobismo que va en ambos sentidos. La mayoría de las cabezas techno que conoció, dice, "odiaban los saxofones ... salvo que sea un saxofón de sinte", mientras que muchos jazzistas llevan tiempo relegando la electrónica a música primitiva. Recuerda burlas reales entre bastidores la primera vez que Hollie salió con un metal de verdad en un set de Dekmantel, y compara la reacción con el desdén de antaño de los fans del prog-rock hacia el punk.

Un saxofón de verdad en un escenario techno todavía se lee como una provocación. Eso dice más del público que del instrumento.

La línea de gusto es real. La música de baile pasó décadas definiéndose contra la tradición de la banda en directo y el virtuoso, así que un instrumento acústico tocado a mano puede parecer una traición a la máquina. Pero la house y el techno siempre fueron formas urracas, levantadas sobre cuerdas disco, teclados jazz-funk y voces gospel. El metal no es el intruso aquí. El reflejo en su contra, sí.

¿A qué suena realmente el disco?

Lento, cálido y un poco narcótico. El saxofón de Hollie se funde en la bruma de los sintes en vez de hacer un solo por encima, de modo que la brecha que describe la entrevista, en el propio disco, ya está saldada. No es fusión en el sentido pulido de los ochenta; son dos improvisadores escuchándose a fondo en una sala, con la cinta corriendo. Para quien creció con las jams maratón de Magic Mountain High, sonará familiar, solo que con más aire dentro.

Ese es el argumento callado de Jordan. La barrera entre la instrumentación de jazz y el proceso electrónico es una costumbre, no una ley, y quienes todavía la patrullan custodian una frontera que los mejores cruzaron hace mucho.